Actualmente es la octava causa de muerte en los EEUU, y sus causas más comunes son: ingesta excesiva de bebidas alcohólicas, hepatitis viral y toxinas hepáticas.
Los signos y síntomas que la caracterizan, son: debilidad general, perturbaciones del sueño, calambres musculares y pérdida de peso, en sus estados iniciales. Con el paso del tiempo aparecen: pérdida del apetito, náuseas, vómitos, dolor abdominal, irregularidad menstrual, impotencia, pérdida de la libido, ginecomastia (crecimiento mamario) y eritema en palmas de las manos.
En sus estadios más avanzados se aprecia ascitis: (acumulación de líquido en el abdomen), hipertensión portal que conlleva a várices esofágicas, ictericia (color amarillento en la piel y mucosas), prurito, hasta llegar a cuadros de insuficiencia hepática con encefalopatía, daño cerebral y muerte.
El tratamiento convencional consiste en: betabloqueantes, espironolactona, aporte de albúmina y diuréticos, lo cual mejora la sintomatología pero no mejora el funcionalismo hepático, es por eso que el paciente empeora progresivamente, a pesar de seguir su tratamiento a cabalidad, hasta fallecer.
Con el uso y administración de adaptógenos bajo la óptica de la Medicina Sistémica, se incrementa la Inteligencia biológica reguladora, Energía y Organización, con lo que hemos logrado MEJORAR EL FUNCIONAMIENTO HEPÁTICO.
Esto se ha evidenciado en la mayoría de los pacientes con cirrosis tratados en los Centros y Unidades Médicas Adaptógenos, donde hemos logrado mejorar y en muchos casos normalizar las pruebas de funcionalismo hepático (transaminasas, bilirrubina, PT, PTT, albúmina sérica). Esto ha sido comprobado mediante ecosonografía.
Es importante destacar el incremento sustancial en la calidad de vida que se ha logrado en estos pacientes y la progresiva disminución de la necesidad de hospitalizaciones.
Teniendo en cuenta estos resultados cabe preguntarse: ¿tiene solución la cirrosis hepática? La respuesta es: la Medicina Sistémica ofrece la mejor alternativa de tratamiento.