La Insuficiencia Cardiaca Congestiva (ICC) afecta a millones de personas en el ámbito mundial y cada día se diagnostican más, constituyendo la causa más frecuente de hospitalización en la población mayor de 65 años. Los riesgos de padecerla aumentan en personas con sobrepeso, diabetes, fumadores, consumidores de alcohol o cocaína. No discrimina entre hombres o mujeres y puede afectar a todos los grupos étnicos.
Esta entidad es el resultado final de diversas enfermedades que afectan el funcionamiento miocárdico, siendo las más comunes las enfermedades valvulares, la inflamación difusa del miocardio o miocarditis, el infarto miocárdico transmural mayor del 20% de masa miocárdica, la hipertensión arterial (ventrículo izquierdo) o pulmonar (ventrículo derecho), miocardiopatía dilatada, enfermedades cardíacas congénitas, tumores cardíacos o enfermedades de las arterias coronarias.
Los mecanismos compensadores de la ICC que se disparan con la intención de normalizar la función ventricular, producen manifestaciones clínicas, tales como: taquicardia, crecimiento del corazón (cardiomegalia), congestión pulmonar o edema, fatiga fácil, dificultad para dormir, dificultad respiratoria, tos, disminución de la producción de orina, o crecimiento del hígado (hepatomegalia). El paciente podría tener dificultad para caminar, cargar cosas, subir escaleras y sentir falta de aire, dado que el organismo no tiene suficiente oxígeno para funcionar normalmente.
El tratamiento de la ICC requiere la vigilancia continua por parte del médico, lo que significa identificar y tratar cualquier trastorno subyacente y hacer una evaluación periódica de la eficiencia con la que el corazón bombea la sangre con cada latido, a través de ecocardiograma.
Complementando el tratamiento convencional con el tratamiento propuesto por la Medicina Sistémica, las perspectivas de los pacientes con ICC han mejorado considerablemente, muchos han podido retornar a sus actividades normales, a veces con mínimas limitaciones, logrando así una calidad de vida más satisfactoria.
Así lo demuestran los resultados obtenidos en un estudio clínico, retrospectivo, multicéntrico de una serie de 80 casos de pacientes con ICC grados III y IV, que recibieron tratamiento complementario con Medicina Sistémica.
La mejoría en la dificultad respiratoria se evidenció en más del 93% de los pacientes; disminución del tamaño hepático en más del 83% de los pacientes; disminución del edema en más del 93% de los pacientes con edema periférico y 100% de los que presentaban edema generalizado; disminución o desaparición de la tos y de la taquicardia en más del 97% de los pacientes; más del 94% de los pacientes recuperaron el apetito; más del 95% de los pacientes mejoraron sus síntomas urinarios; y más del 94 % de pacientes mejoraron la fatiga y debilidad.
En general la evolución clínica fue beneficiosa en más del 93% de los casos, así como su calidad de vida. La tolerancia al tratamiento fue excelente, no se observaron efectos secundarios.