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SVMS / Artículos de Opinión
Medicalizar no es curar
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Albina Fernández

Los expertos advierten de que la mayor parte de los problemas tratados con fármacos son de origen social.
 

La medicalización, es decir, el uso y abuso de los fármacos y la automedicación, es un debate abierto en la sociedad. Dicen los críticos que medicalizar no es curar y que una de las bases de la medicalización es la manipulación de las «empresas industriales de la salud», es decir, los laboratorios, en su ambición por tener más beneficios. Y todo para cubrir el vacío y la soledad existencial que padece la persona, que sólo se podrán cubrir -aseguran- con un proyecto subjetivo que incluya la superación del dolor, la angustia y la impotencia que provoca la enfermedad.

La medicalización de la salud» es el tema de la tercera mesa de debate de LA NUEVA ESPAÑA, con la presencia de cuatro destacadas personalidades. Sara Velasco Arias, médica y psicoanalista, imparte clases sobre salud y género y dirige la revista «Diálogos». Domingo Ojer Tsakiridu, médico de atención primaria, es máster en medicina humanitaria y miembro del grupo de atención al inmigrante de la Sociedad Asturiana de Medicina Familiar y Comunitaria. Carmen Mosquera Tenreiro es médica y diplomada en Epidemiología y Salud Pública por la Universidad de Londres; desde 1988 trabaja en Salud Pública de la Consejería de Salud.

Guillermo Rendueles Olmedo, psiquiatra y ensayista, es doctor en medicina y psiquiatría, fue profesor de Psicopatología de la Universidad de Oviedo y es tutor en la UNED de Gijón. Sufrió represalias por el Gobierno franquista por participar en el movimiento antipsiquiátrico que promovió la transformación de la asistencia a los enfermos mentales.

Sara Velasco defendió el modelo biopsicosocial para la superación de las enfermedades, es decir, prestar la misma atención a los aspectos biológicos, psíquicos y sociales de la persona. En su opinión, la medicalización se acentuó por la «excesiva psiquiatrización», que, advirtió, «se ha extendido a todo el uso de la medicina, y ahora se utiliza el fármaco para arreglar el cuerpo como algo que se estropea sin mirar más, y no es así».

La psicoanalista relacionó el «fervor por los fármacos» con el progreso de la sociedad de consumo. «Somos objetos de un modelo social que dicta cómo hemos de vivir. El cuerpo está vacío, sin sujeto con deseos internos propios. Un cuerpo hueco e imaginario que funciona como un objeto de consumo». A su juicio, la medicina tiene que dar un giro conceptual y «buscar la comprensión de la persona como sujeto que se interroga de las causas que provocan el dolor y qué acontecimiento vital lo provoca sin permanecer en posiciones pasivas alimentadas con psicofármacos».

Guillermo Rendueles criticó el que la psiquiatría sea «el coche escoba» de la medicina. «Cuando fracasan todas las especialidades y nadie sabe lo que le sucede, se recurre al psiquiatra o se le dan psicofármacos, pero eso acaba en una depresión». Y advirtió: «Una vez que se empieza a tomar, es como el bastón, no se puede prescindir de ello».

Rendueles, desde su posición ideológica de izquierdas, sostuvo que la psiquiatrización masiva facilita los «caminos de la servidumbre, la debilidad y la vulnerabilidad de la población con resultados catastróficos» y añadió: «La psiquiatría invadió de tal forma la vida cotidiana que los tribunales de justicia son una especie de sesión clínica; y en la escuela, los trastornos de atención de más de 10.000 críos acaban con anfetaminas. Un disparate». El psiquiatra y ensayista gijonés sostiene que las causas de la mayoría de los problemas que acaban en el psiquiatra son sociales. «Hay dos vías que favorecen la psiquiatrización. Una, la gestión de los aspectos íntimos y sentimentales, que suele recaer en el psiquiatra por las dificultades que tienen las personas para hacerlo por sí mismas; y otra, el que en la sociedad de hoy no hay nada sólido, es la "sociedad líquida" de Bauman». Y concluyó con una inquietante sentencia: «El trabajo pudre el carácter y crea una sociedad de individuos carne del psiquiatra».

Domingo Ojer constató en sus diez años de profesión que la población cada vez está más medicalizada, pero no goza de más salud. «Para estar sano o bello hay que consumir muchos productos, y lo que en su momento fue un derecho, la salud, hoy es un producto más de consumo en el mercado», señaló.

Ojer culpó a la industria farmacéutica como responsable porque, afirmó, «gastan el doble de recursos en el marketing que en la investigación y el desarrollo». Y añadió: «Los laboratorios generan necesidades para vender más». Pero advirtió de la desigualdad en el reparto de los «beneficios» de la medicalización. «90% de la producción mundial de medicamentos es consumido por 10% de la población, y sólo 1% de los fármacos comercializados entre 1975 y 1999 era para tratar las enfermedades en los países en vías de desarrollo, porque la investigación de estos fármacos no es rentable». Y concluyó: «La sociedad de la desigualdad que estamos creando es capaz de mirar con indiferencia el drama de miles de personas que mueren diariamente por no tener acceso a lo más básico para vivir, mientras es incapaz de tolerar el mínimo sufrimiento y sigue consumiendo bienes de consumo con la esperanza de alcanzar el máximo bienestar».

Carmen Mosquera abogó por un cambio drástico en la relación médico-paciente, que, en su opinión, debe superar el modelo paternalista y directivo actual por parte médica para ir a otro informativo, en el que los pacientes tomen decisiones sobre su vida y su salud. Mosquera puso como ejemplo de «medicalización de la población sana» las terapias hormonales sustitutivas (a base de estrógenos o progesterona de síntesis) que recibieron las mujeres durante los últimos 30 años para mitigar los efectos de la menopausia. «El propio sistema sanitario vendió a las mujeres de 45 a 55 años el parche, las píldoras o las cremas como el secreto de la eterna juventud, pero no se les informó sobre los efectos secundarios y estuvieron 30 años expuestas a una medicación que en 2002 se demostró que era perjudicial, porque aumentaba los riesgos de cáncer de mama y de endometrio, además de favorecer las enfermedades cardiovasculares, es decir, lo contrario de lo que se vendió», explicó.

 

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Fuente: Albina FERNÁNDEZ/La Nueva España

 
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