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SVMS / Artículos de Opinión
La Estafa del Siglo parte VI
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Ing. José Olalde
Fundador de La Medicina Sistémica
Fecha de publicación:06/01/06


 
¡La Inquisición no ha desaparecido; y la verdadera industria de la droga no es ilegal! La mayor estafa del siglo 20, forjada por los sumos sacerdotes de la industria farmacéutica, fue haber creado la falsa idea de la personalidad bioquímica del hombre, para encadenarlo al uso de las drogas.
 

El saldo trágico del siglo 20 terminó con más de 30 millones de seres condenados al electroshock, más de 500 millones de adultos y 30 millones de niños sujetos a drogas psiquiátricas, y dos millones de personas castradas mentalmente por lobotomías frontales.

Todo esto ocurrió entre los años 50 y el 2000.

¡El saldo superó todas las guerras que ha tenido la humanidad! Y la monstruosa tragedia continúa.

La droga ilegal existe por la sola razón que constituye la cortina de humo de los grandes consorcios del poder, para tapar el verdadero problema, el de las drogas psiquiátricas legales, que hoy encadenan mentalmente a centenares de millones de personas en el mundo. En otras palabras, se ha establecido la dicotomía de lo legal y lo ilegal para generar la falsa ilusión de lo bueno y de lo malo. De lo contrario, hace tiempo ya que los gobiernos del mundo la habrían desaparecido.

La cordura del hombre definitivamente se pone en entredicho cuando constatamos que actualmente existen más de cuatro millones de niños, victimas de las terribles drogas psiquiátricas, o que anualmente se practican más de 300 mil electroshock que acaban con la vida mental y espiritual de quienes los reciben.

A lo largo de la historia se puede constatar que importantes corrientes de pensamiento oscurantista, con sed de poder y dominación, han influenciado marcadamente el destino del hombre. Basta mencionar la inquisición, el comunismo y el neoliberalismo salvaje.

Vale destacar, que en todos los casos, las corrientes predominantes se han erigido sobre basamentos doctrinarios dogmáticos, e incuestionables para sus respectivas épocas. Como prueba el dogma de fe. Es decir, creer en base al dogma, más no la racionalidad.

No es lo mismo el dogma de fe que la fe sin dogmas . La fe libre y pura mueve montañas, el dogma de fe las coloca allí, como obstáculos gigantescos que impiden nuestra evolución mental e intelectual.

El hombre debe tener fe en si mismo y en su extraordinaria capacidad de trascendencia, pero esto es algo completamente diferente a creer robótica e hipnóticamente en preceptos establecidos por grupos sedientos de dominación, y de poder, en cada época.

No es menos peligroso el dogma científico que ha impregnado nuestra sociedad. Un dogma basado en lo incuestionable de su metodología, el denominado método científico, el cual puede llegar a ser igualmente radical, al descartar como falso todo lo que la ciencia actual está incapacitada para medir, constituyéndose en la gran barrera para los avances filosóficos modernos, esos que no pueden ser cuantificados por la metodología científica ortodoxa.

No es que el método científico no tenga su genuina área de aplicación, sólo que se ha extralimitado su uso, como si fuese el paradigma universal para medir la verdad, constituyéndose en el gran dogma de esta época.

Es interesante ver como los sumos sacerdotes de la ciencia ortodoxa desprecian la veracidad de todo aquello que ella misma no sabe como medir. Un ejemplo claro de ello es la espiritualidad del hombre, la cual ha sido validada filosóficamente por todas las grandes culturas del mundo, pero que la misma ciencia -nacida de la filosofía que ahora invalida- no ha sido aún capaz de medir.

Es lamentable que la misma incapacidad del método científico, sea vista como una falla de la filosofía, cuando la filosofía en nada tiene la culpa de las limitaciones de la ciencia moderna.

El hombre moderno pretende que la ciencia sustituya a la filosofía, habiendo olvidado que la ciencia debe ser el instrumento de la filosofía. Primero está la filosofía que permite la trascendencia, luego la ciencia que la implementa.

Esa misma incapacidad de la ciencia para medir la espiritualidad y trascendencia del hombre, es la que ha dado licencia para tratar los problemas del alma con drogas alteradoras de la mente. Como si el remedio del despecho fuese el alcohol o la droga.

Aunque hago la salvedad de que definitivamente sería preferible una decena de botellas de vodka a una sola dosis de fluoxetina o del mortífero litio. En este sentido larga vida al vodka.

La humanidad piensa equivocadamente que por haber trascendido la época del dogma religioso, hemos trascendido el dogma. ¡Esto no es verdad!

La peor barrera es la que no se puede ver, es esa que yace de manera invisible en la mente del sujeto, usualmente constituida por estructuras de pensamiento que se toman por verdades absolutas. Operan como realidades incuestionables que el individuo no está en capacidad de detectar, y para lo cual no tiene defensa.

Una de estas grandes barreras, inculcadas desde la niñez, está en pensar en la infalibilidad del método científico, erigido como gran dogma en este siglo.

La humanidad deberá superar esta barrera mental colectiva, antes de poder lograr la trascendencia filosófica a una nueva era.

Desafortunadamente los grupos oscurantistas que empujan las drogas, se aprovechan de la incapacidad de la ciencia para constatar la espiritualidad del hombre, y para determinar las leyes que regulan el plano espiritual, pues sólo negando la existencia del ser espiritual se puede establecer el falso dogma de la personalidad bioquímica del hombre.

La mayor estafa del siglo 20, creada por los sumos sacerdotes de la industria farmacéutica fue haber creado la falsa idea de la personalidad bioquímica del hombre, para encadenar al hombre al uso de las drogas.

Se requiere nuevamente de una filosofía funcional, en el plano espiritual, que permita el rescate del hombre de las garras de su propia irracionalidad.

 

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