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El origen de la muerte súbita en el deporte

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Durante muchos años, la muerte súbita de los atletas se ha considerado un misterio. Costaba creer que un corazón, entrenado y aparentemente sano, se pudiera parar de repente después de haber resistido esfuerzos tan intensos. Su causa se atribuía a un infarto de miocardio aunque raramente se observaran hallazgos compatibles en las autopsias.
 

Entre 74 y 94% de las muertes súbitas en el deporte son de origen cardiovascular, asegura la responsable de Cardiología del Consejo Superior de Deportes y presidenta del Grupo de Trabajo del Deporte de la Sociedad Española de Cardiología, Araceli Boraíta Pérez.

La Dra. Boraíta señala que las estadísticas demuestran que se producen en personas menores de 30 años, aficionados al deporte o deportistas de élite y las causas más frecuentes son las miocardiopatías, las anomalías congénitas en las arterias coronarias y la patología aórtica.

La Dra. recomienda que a quienes van a hacer deporte o actividad física intensa se les realice un estudio destinado a buscar posibles patologías que puedan producir muerte súbita, mediante un reconocimiento médico que «como mínimo debe incluir una historia clínica, exploración cardiovascular y un electrocardiograma».

Durante muchos años, la muerte súbita de los atletas se ha considerado un misterio. Costaba creer que un corazón, entrenado y aparentemente sano, se pudiera parar de repente después de haber resistido esfuerzos tan intensos. Su causa se atribuía a un infarto de miocardio aunque raramente se observaran hallazgos compatibles en las autopsias.

Hoy conocemos que esta forma de muerte, denominada muerte súbita, se debe habitualmente a una arritmia cardiaca: la fibrilación ventricular. Esta arritmia se caracteriza por una actividad eléctrica del corazón tan rápida y caótica que anula por completo la actividad mecánica del órgano, detiene la expulsión de sangre y reduce a cero la presión arterial. La consecuencia es una falta de oxígeno en el cerebro. Al cabo de unos segundos, se pierde el conocimiento y, si la arritmia persiste, el desarrollo de lesiones cerebrales irreversibles es inevitable.

Pero la fibrilación ventricular no ocurre en corazones normales. En mayores de 35 años, la causa más frecuente de muerte súbita es la arteriosclerosis coronaria. En las personas jóvenes y los atletas, las causas son más variadas destacando dos alteraciones del músculo ventricular: la miocardiopatía hipertrófica y la displasia arritmogénica de ventrículo derecho. Ambas tienen un componente genético y, mientras que en la primera se observa un crecimiento excesivo del miocardio ventricular izquierdo (hipertrofia), en la displasia existe una infiltración grasa y fibrosa que predomina en las paredes del ventrículo derecho. En ambas cardiopatías, la muerte súbita puede ser la primera manifestación de la enfermedad y a menudo se desencadena coincidiendo con una descarga adrenérgica o con ejercicio físico intenso.

Cuando la fibrilación ventricular se desencadena generalmente se mantiene. A no ser que se aplique una descarga eléctrica de corriente continua por medio de un desfibrilador (la corriente alterna podría provocar la arritmia, pero no suprimirla), el corazón permanecerá parado y ningún medicamento será capaz de ponerlo en marcha. En estas circunstancias, únicamente un masaje cardiaco eficaz puede prolongar unos minutos el tiempo límite para la cardioversión.

Es crucial, por tanto, identificar a los pacientes portadores de estas anomalías antes de que sufran un episodio de muerte súbita del cual podrán o no ser resucitados. Sin embargo, ésta es una tarea complicada cuando no imposible. Una historia familiar de muerte súbita o bien el antecedente de pérdidas de conocimiento relacionadas con esfuerzos físicos o situaciones de descarga adrenérgica suponen un signo de alarma. En ambas enfermedades la exploración física, incluyendo la auscultación cardiaca, suele ser normal. El electrocardiograma, en cambio, con frecuencia es anormal, pero también lo es en más del 15% de los deportistas como consecuencia de las alteraciones cardíacas al realizar entrenamiento físico intenso y continuado. Otras pruebas como la ecocardiografía y la resonancia magnética, aunque no son 100% efectivas, sí tienen más posibilidades de llegar a un diagnóstico, pero no pueden realizarse de momento a grandes poblaciones como los deportistas. La lógica aconseja realizar chequeos para identificar los casos más evidentes, pero siempre habrá enfermos a los cuales no se podrá diagnosticar con estos exámenes. Por fortuna y a pesar del dramatismo que conlleva la muerte súbita, no debemos olvidar que su incidencia es muy pequeña (entre 0,4 y 2,3 por 100.000 deportistas/año) y que, gracias a la difusión de los desfibriladores semiautomáticos, un porcentaje significativo podrá ser resucitado.

 

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Fuente: Julián P. Villacastín ( jefe de la Unidad de Arritmias del Instituto Cardiovascular del Hospital Universitario Clínico San Carlos/El País. Madrid/España.

 
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