¿Pero por qué es tan importante dar con ellos? La razón tiene que ver con las características particulares de esta enfermedad, "una enfermedad que se cursa de manera silenciosa y que en un porcentaje alto de pacientes recién aparece cuando ya derivó en cirrosis o cáncer hepático", explica el doctor José Curciarello, jefe de la Unidad de Hepatología del Hospital Rossi de La Plata, centro de referencia a nivel local.
Con un prevalencia cinco meses mayor que la del VIH, la hepatitis C afectaría en nuestro país unas 760 mil personas; y la B, a otras cerca de 300 mil. "Sólo que muy pocos lo saben", dice Pablo Malaspina, un ex paciente que ayer participó de la campaña de concientización desde el hall de entrada del Rossi, donde fue montado un stand.
Pero si muchos enfermos de hepatitis desconocen su condición, son aún más quienes ignoran casi todo acerca de esta enfermedad. Prueba de ellos eran las preguntas que tanto Pablo como otros miembros del Grupo de Autoayuda del Rossi respondieron ayer a lo largo de toda la mañana: "¿La gente grande puede tener hepatitis?" "¿Se contagia con la saliva?" "¿Cómo hace uno para saber si está enfermo?"...
UNA Y OTRA
Trasmitidas por virus distintos, la hepatitis B, a diferencia de la C, tiene la ventaja de que "en un 90 % ciento de los casos los pacientes se curan espontáneamente. Sólo un 10% de ellos se vuelve un enfermo crónico, con riesgo de sufrir en algún momento cirrosis o cáncer hepático", dice el doctor Curciarello.
"Ese riesgo, en el caso de la hepatitis C, alcanza sin embargo al 85% de los pacientes. La enfermedad puede progresar lentamente durante treinta años sin que la persona sienta síntoma alguno, salvo tal vez un leve cansancio". señala el jefe de Unidad de Hepatología del Rossi.
Más allá de esa diferencia, la forma de contagio es la misma en una y otra variante. Este se produce cuando la sangre de una persona infectada entra en el torrente sanguíneo de una persona sana (lo que incluye la tranmisión vertical de madre a hijo, durante el embarazo). El contacto con la saliva, el sudor, las lágrimas, la leche materna o el semen de alguien infectado no supone riesgo de contagio hasta donde se ha podido comprobar.
No obstante, mientras que en el caso de la hepatitis C, la trasmisión sexual se da muy rara vez (en general cuando hay heridas en los genitales); en la hepatitis B constituye el mayor medio de contagio entre adolescentes y adultos.
Dada la forma de trasmisión existen personas expuestas a un riesgo mayor de padecer hepatitis B o C. Entre ellas se encuentran quienes recibieron una trasfusión de sangre antes de 1993 (cuando no se realizaba el testeo específico), quienes compartieron jeringas, estuvieron en hemodiálisis, se sometieron a prácticas en que hubo contacto con sangre, se realizaron tatuajes o piercings, practicaron sexo con múltiples compañeros o sin usar preservativos y quienes trabajaron en centros sanitarios.
Encontrarse fuera de este grupo de mayor riesgo no garantiza sin embargo que uno no pueda haber contraído igual hepatitis B o C, ya que su contagio también puede darse al compartir un cepillo de dientes, hacerse las uñas o ir al dentista. En fin, casi nadie está exento de necesitar tal vez hacerse un test de detección.
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